miércoles 3 de septiembre de 2008

El jaguar

No había sido uno más de una familia altanera, sino un jaguar de afilados dientes y garras sagaces. Entre otras cosas, imprimió una tonelada de billetes falsos y exploró todos los poros del mal.
Singulares eran sus capacidades para el chamuyo y conseguía persuadir a personas de todos los sexos de que sus voluntades e intereses eran coincidentes con los de él.
Sin embargo sabía que no era perfecto, nunca pudo convencer a nadie por mucho tiempo. Su trabajo con las personas era limpio y certero, pero la convicción que implantaba era de corto plazo.
El jaguar se ocupaba de amoblarle a las personas ese espacio amplio y limpio donde están las buenas costumbres, la bondad, la amabilidad, el honor y la moral cotidianos de todos los hombres. Se encargaba de poner ahí cualquier cosa, sus pareceres más extraños podían ser compartidos por todos y su voluntad rara vez podía ser contrariada en el curso de una conversación o hasta de una cena, pero se sabía incapaz de ir más allá, de convencer de que cambiara sus planes de mediano plazo, de que dedicara una temporada a satisfacerlo a él. Sus artimañas tenían éxito en terrenos enlozados, en patios con baldosa y paredes de yeso, pero no en los anhelos profundos, esas callecitas empedradas en las que la estantería empieza a temblar, y ni siquiera tenía contacto con los amplios baldíos agrestes, en los campos inhóspitos de los arrabales del alma, en los que rara vez hay animales atados.
Si bien nunca convenció a nadie de nada, su arte efímero era suficiente para confundirlos y enredarlos en su trama.

Me ahorraré de contar, por ahora, de qué forma usó sus métodos para conseguir esposa y convertirse en un prestamista de éxito.

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